DOCUMENTACIÓ - altres – ARTICLE
Lo que se dice y lo que se calla. Castigo y censura ante la transgresión femenina
«Las normas gobiernan la inteligibilidad, permiten que ciertos tipos de prácticas y acciones sean reconocibles… Definiendo lo que aparecerá o no en el dominio de lo social». (21) (Butler, 2001)
Controlar con la
palabra o con el silencio
El control de las conductas se logra por dos caminos, premiando con la aprobación
las deseadas y castigando las desviadas. Pero el castigo es un último
recurso, de alguna manera la confesión de un fracaso. Si la sociedad sanciona
es que no ha conseguido imponer sus modelos como atractivos, es que ha habido
quienes desobedecieron las normas. Por eso muchas veces se opta por callar, por
hacer ver que la infracción no se comete, para no tener que afrontar el
cuestionamiento que la transgresión implica.
Se puede decir que la censura y el castigo forman parte del mismo universo
punitivo, pero de manera diferente. La censura es preventiva. Mediante ella
se evita hablar de determinados temas, hacerlos visibles. La censura es la
cara opuesta de la publicidad; mientras que esta logra hacer atractivos ciertos
productos mediante la proliferación de su presencia, la censura pretende
quitar de la vista y del pensamiento de la gente conductas que existen, pero
que se consideran negativas.
Es la versión más general de la estrategia “de eso no se
habla”, que suelen utilizar las familias ante los temas conflictivos.
El concepto de censura no se limita a la organizada oficialmente desde la estructura
de poder, como se dio el caso en
España durante el franquismo, ni a la autoimpuesta de los medios de comunicación
cuando asumen determinados “códigos éticos” que les
vedan ciertos temas o impulsan a tratarlos sólo de ciertas maneras. Se
refiere también a todo lo que no se dice porque, de acuerdo al “sentido
común” en su versión gramsciana, es mejor mantenerlo en silencio.
Con la idea implícita de que es mejor para las propias personas afectadas.
El sistema punitivo (legal, penal) se encarga de la represión de las
conductas
tipificadas como faltas o delitos. Los medios de comunicación sólo
colaboran en la tarea de castigo mostrándola y legitimándola, como
es el caso de la proliferación de las series y películas policiales
o basadas en la resolución de casos penales. El código ético
de las primeras series de EE UU señalaba explícitamente que debían
incluir el castigo de los delincuentes y que ellos no podían ganar nunca.
Pero, pese a la función pedagógica de esas presentaciones, el principal
aporte de los medios para el control de las conductas se desarrolla en relación
a la propaganda y la censura. Los medios de comunicación participan en
el juego de mostrar y ocultar, contribuyen así a configurar el imaginario
colectivo y son activos en la formulación y resignificación de
los modelos. No es de extrañar que los primeros seriales norteamericanos
estuvieran financiados por empresas comerciales y tuvieran como objetivo la
venta de sus productos, eran las llamadas soap operas (óperas
de jabón), patrocinadas por fabricantes de productos de limpieza (Martínez
Zarandona, 2001).
Posteriormente se ha utilizado esta capacidad “publicitaria” para
extender y
normalizar el consumo de otros productos, desde estilos de vestir y comunicarse
hasta pastillas para el control de la fertilidad, como se ha estudiado en los
casos de Brasil y México (Andaló, 2003). Se ha podido comprobar
que la presencia en una telenovela de un personaje afectado por una enfermedad,
y el seguimiento de su tratamiento, era un mensaje que producía un aumento
de la sensibilidad social al respecto e incitaba a mejorar las prácticas
sanitarias de la población. No es de extrañar que complementariamente
se recurra a la censura (quitarlo de los medios de comunicación) cuando
se pretende erradicar el consumo de algún producto.
Tal ha sido el caso del tabaco en la última década.
La eficacia que muestran los medios para hacer aceptar algunos productos mediante
la publicidad abierta o encubierta, y su capacidad para disminuir el interés
en otros, simplemente omitiendo su presencia, funciona con igual eficacia en
el plano de las conductas. Así, mostrar o evitar ciertas opciones sexuales
es un mecanismo poderoso para su construcción social como aceptables,
condicionado además por la forma en que se presentan y la suerte que se
le asigna a quienes la ejercen. De manera general, la programación global
de la TV, con sus amplios espacios dedicados a los deportes de competición,
legitima y normaliza la competitividad masculina, mientras que la presencia abrumadora
de entrevistados hombres muestra objetivado el enorme peso social que tienen
estos en una sociedad androcéntrica. Como contrapartida, el poco lugar
en los horarios de mayor audiencia de los espacios dedicados a las mujeres, y
el poco prestigio de los mismos, señalan la posición subordinada
de éstas, incluso si sus contenidos son correctos.
Independientemente de
quienes los vean en la práctica, los programas diseñados
para un público preferentemente femenino son los que con más claridad
describen los modelos de género y, por consiguiente, son un buen punto
de vista desde donde contemplar como se evalúa, acepta, rechaza o se niega
la transgresión en este campo.
El éxito de las telenovelas
En la década de los 90, Sonia Muñoz proponía que el éxito
que obtenían las
telenovelas entre las mujeres amas de casa era la consecuencia de un diseño
que, a base de reiteraciones, permitía seguir el hilo del relato aunque
la visualización fuera entrecortada por las faenas que se realizan mientras
tanto; mientras que la duración (a veces de años enteros) del desarrollo
de la trama permitía acercar esta al tiempo real, por lo que facilitaba
la identificación. La investigadora colombiana agregaba que estas obras
estaban pensadas para un público que no estaba familiarizado con la tradición
literaria, sino que venía de una cultura de escucha radiofónica.
La población que provenía del campo, con una urbanización
reciente, era la más proclive a identificarse con los personajes de las
telenovelas, que venían a suplir, en el plano de lo imaginario, las redes
relacionales que echaban a faltar. (Muñoz, 1992; Muñoz, 1995)
La función de proporcionar “parentesco ficticio” no se cubre
sólo con las telenovelas, en realidad toda la “prensa rosa” o “prensa
del corazón”, así como los programas de reality show y
los que relatan momentos críticos en la vida de las y los protagonistas,
como “Cambio total”, basan su atractivo en brindar un conocimiento
detallado de las peripecias privadas y sentimentales de determinadas personas,
que a partir del seguimiento informático pueden parecer próximas
y llegan a suplir vacíos afectivos, desatando adhesiones y rechazos. El
fenómeno de Lady D es emblemático, pero es sólo la punta
del iceberg de la cantidad de cantantes, actrices y actores, deportistas y “famosos” que
pueblan con sus venturas y desventuras la soledad de tantos y
tantas telespectadoras.
Pero aunque cuentan con un público general, es evidente que el mayor éxito
de
audiencia lo tienen entre las mujeres. Esto no es casual. En la medida en que
en la división sexual de los roles se encarga a los hombres la relación
con las cosas y a las mujeres las relaciones interpersonales, nos configuramos
como un grupo de especialistas con interés en las conductas sociales,
que se constituyen en tema de conversación (las tan criticadas “chafarderías” femeninas)
y evaluación. Porque, como ya señalaban los primeros estudios sobre
el tema, las mujeres no se constituyen en un público pasivo, si no que
opinan, evalúan y reinterpretan de acuerdo a sus propias experiencias
y expectativas sociales. Una investigación reciente de Silvia Álvarez
mostraba como durante la emisión de una telenovela que se emitió en
el año 2006, La tormenta, se utilizó un foro de espectadores
en internet para formar un grupo que se autodenominó “Las atormentadas”,
que en realidad se dedicó a atormentar a los productores exigiendo la
continuidad de determinados personajes y protestando por los alargues abusivos
y forzados del argumento por razones económicas (Álvarez, 2007).
Aunque no alcance ese nivel de organización, la recepción de la
audiencia es siempre selectiva y esto impone la necesidad, para las empresas
que controlan el medio, de acercarse a las inquietudes de su público.
De esta manera, ver que es lo que ofrecen las telenovelas da muchas pistas sobre
como imaginan que son sus telespectadoras y cuales son los temas que les interesan.
También
es cierto que en algunos casos se trata de profecías autocumplidas, pues
reiterando una oferta condicionan las expectativas, que no van entonces más
allá de ella.
Las diferencias dentro del mismo género
Haciendo una clasificación muy general, podemos ver que en las telenovelas
venezolanas y mexicanas se ofrecen sobre todo relaciones familiares y romances
imposibles, en un entorno muy conservador en términos de sus valores:
honor, fidelidad, respeto. Las telenovelas colombianas suelen ser más
modernas y tratan de incluir una problemática más amplia, mientras
que las brasileñas parecen estar diseñadas pensando en un público
más exigente en cuanto a contenidos y presentación. En los últimos
años, las telenovelas producidas en EE UU para el público hispano
compiten por el mismo mercado con obras realizadas con abundancia de medios materiales.
Si miramos la producción española, vemos que se ha centrado bastante
en llevar a la pequeña pantalla novelas ya consagradas, o ha intentado
la vía de la
reconstrucción del pasado histórico (“Cuéntame como
pasó” o “Amar en tiempos revueltos”), aunque logró algunos
de sus mayores éxitos cuando abordó temáticas más
actuales, como fue el caso de la serie “Anillos de oro”.
En el caso de Cataluña, el interés por la lengua y la identidad
nacional, y la
posibilidad de disponer de canales de televisión con presupuesto y programación
propia (TV3 principalmente) ha condicionado un desarrollo específico.
Desde su primera telenovela “Poble Nou”, en 1994, seguida al año
siguiente por “Secrets de família”, la televisión catalana
ha optado por la recuperación de la vida cotidiana, en series tan largas
como la vida misma, como “El cor de la ciutat” o “Ventdelplà”,
matizándolas con elementos tomados de la novela policial o de misterio,
en casos como “Laberint d’ombres” o “Nissaga de poder”.
A la función de entretener y educar asignada genéricamente a todas
las telenovelas, se agrega, en el caso de Cataluña, la preocupación
por la normalización lingüística y
una política de ¿promover, reivindicar, reflejar? la identidad
nacional, considerada como moderna, democrática
y progresista.
La imagen de las mujeres que presentan estas series podemos calificarlas de
“políticamente correctas”; son autónomas, capaces,
eficientes, trabajadoras,
responsables y, con mucha frecuencia, más dignas de confianza que sus
compañeros varones. Pero si bien esta representación marca un gran
avance sobre la imaginería tradicional al respecto, hasta el punto que
la autonomía de la protagonista motivó quejas del Opus Dei en la
primera telenovela (Ortega y
Fonseca, 2002), tampoco deja mucho margen para las opciones alternativas. Se
muestran los problemas pero se pasa de puntillas sobre las transgresiones. Así,
por ejemplo, en “Ventdelplà” se afronta cuidadosamente un
caso de maltratamiento doméstico, evitando caer en victimismos, pero se
tiene mucha más dificultad en acercarse a los temas en que las transgresoras
son mujeres: ¿puede una drogadicta ser buena madre?, ¿puede tener
razón cuando acusa a su pareja de maltrato? Aquí los guionistas
dudan y retacean el apoyo, que brindan en igual circunstancia a la protagonista,
que no bebe, ni es promiscua y es una buena madre. También es vacilante
el tratamiento que hacen de las prostitutas, adhiriendo acríticamente
al discurso que las ve como víctimas de las malas artes de los malvados,
y al mismo tiempo las considera como poco capaces de mantener relaciones estables.
Es de destacar en cambio positivamente, el interés por tratar de manera
no homofóbica la homosexualidad masculina y el empeño por normalizar
algunos temas conflictivos como la convivencia entre parejas no casadas o el
aborto.
Lo que queda fuera de la norma
Estudios hechos en Méjico señalan específicamente que las
características de
premiar a los buenos y castigar sistemáticamente a los malos cumple una
función pedagógica pues «conlleva a la vez un mensaje de
esperanza para todos aquellos que se comportan de acuerdo con lo que una sociedad
considera positivo» (de Lizaur, 1999). En realidad, apoyar a quienes respetan
las normas es una manera de apoyar a las normas mismas, y los medios de comunicación
de masas parten del supuesto que su público acata los mandamientos en
cuanto cuáles son las conductas permitidas (incluso las sexuales). Educadas
por décadas de películas expurgadas de sus contenidos sexuales
por la gazmoñería puritana de Hollywood, que tenía su complemento
ibérico en la censura franquista, el “destape” de la transición
fue un fenómeno reactivo y más o menos efímero, que no afectó mayormente
a la TV. Temas como la sexualidad de las mujeres mayores (o incluso los deseos
sexuales de las mujeres en general), el lesbianismo, o la transexualidad quedan
en la categoría de lo no dicho. El modelo en que se apoyan implícitamente
los argumentos es la idea puritana decimonónica de la “superioridad
moral de la mujer” como base para el reconocimiento de sus derechos, pero
esa superioridad moral se evalúa con referencia a las normas. Las transgresoras
son consideradas entonces anómalas a las que se penaliza con el estigma
(el caso de las prostitutas) o desviadas, a las que se puede ignorar mientras
no se manifiesten públicamente, lo que sería el caso de las lesbianas.
En realidad, el deseo evidente de brindar una buena imagen de las mujeres termina
eliminando del campo del discurso todas las conductas que puedan recibir rechazo
social, sin tener en cuenta que esta omisión contribuye a naturalizar
el rechazo. En este difuminar de los puntos oscuros parece relevante la omisión
casi completa a referencias al movimiento organizado de mujeres, especialmente
significativo si se tiene en cuenta que el feminismo tiene en Cataluña
una larga tradición y que ha encuadrado reivindicaciones y demandas de
género durante las últimas décadas.
Es un lugar común decir que no se puede juzgar un libro por lo que no
tiene, pero este argumento pierde validez si nos referimos a un conjunto de series
de televisión con miles de capítulos y enorme multiplicidad de
situaciones y personajes. Aquí sí que podemos legítimamente
considerar que los silencios forman parte del discurso, y una parte significativa.
Además la telenovela es un género en el que una de sus características
es la importancia que se da en la trama a lo no dicho, a los secretos que hay
que descubrir o develar (Carvajal and Molina, 1999). De acuerdo a su misma lógica
interna, entonces resulta lícito interrogarla sobre los secretos que encubre,
las cosas importantes que calla.
La representación positiva de las mujeres ya es un logro, pero, como dice
Kristeva, «su deconstrucción abre nuevas posibilidades. Las mujeres
exploran estas nuevas vías, develando sus potencialidades hasta sus márgenes
más secretos y los más escandalosos» (Kristeva, 2000). Aún
falta camino para que los medios de comunicación, incluso los más
bien intencionados, den testimonio de las prácticas trasgresoras, como
no sea en algunos documentales.









